Ejes y cicatrices
Mientras giro sobre mi propio eje para encontrar la postura que me aleje del dolor, te pego un grito para avisar que me estoy levantando, que posiblemente hoy sea de esos días en que no me pueda mover, me contestas con un mmmmm bien pronunciado con la firme intención de dejar claro que me escuchaste, pero al mismo tiempo estableces que no pretendes hacer más que eso.
Me siento anciana cuándo mi cuerpo se traba. Luego recuerdo que me siento anciana desde que tengo 17 años y que esta parálisis esporádica tiene nombre y apellido. Me alegra que después de todo, el apellido no sea algo compartido contigo... o conmigo. Logro encontrar el punto en que el dolor es manejable y te paras al filo de la puerta, me ves con algo de sorpresa y me preguntas si necesito ayuda, te tardaste un poco en entenderlo pero al final estás algo preocupado. Desde mi orgullo y ansiedad por mantener la calma te respondo que no, que me cuesta un poco pero que ahorita lograré solucionarlo, como siempre.
Me ayudas a servir el alimento de la perra, ni tuve que decirlo pero sabes bien que agacharme es más difícil que hacer gárgaras de cabeza y te ofreces sin chistar, aunque ambos sabemos que eso me toca hacerlo a mi -¿Todavía no come Kobansky verdad? preguntas. -No. Te contesto y te vas directo a su plato a poner su alimento, te ofreces a hacer café o algo para que yo desayune y como en una ansiedad mutua ambos hacemos esfuerzos por demostrar que todo está bien.
-No monito, me lo preparo yo, no te apures, ve a tus clases.
No se bien como, sucede el día, unas pastillas pal dolor, otras pa desinflamar la deforme columna, unos ejercicios para estirar, un impulso de mantenernos a flote, de ser tú proveedora madre y trabajar. Cocinamos juntos y aunque el dolor está presente me esfuerzo por hacer del día uno más en el que todo sucede con la normalidad que corresponde, pero no lo logró y un par de horas después te pido ayuda para mover la computadora a mi cama, hoy tocará trabajar desde ahí por lo que resta de tarde.
Te observo adolecer y me da ternura y miedo. Siempre he tenido miedo, de que el poder genético impere en ti y resulte que no importen los esfuerzos educativos, te conviertas en una versión de tú progenitor, de lo peor de ese sujeto. De pronto te paras en la puerta de mi cuarto, tu mirada es otra, estás ahí para acompañarme, para no dejarme en el absoluto abandono y me preguntas -¿Qué piensas de defender el trabajo sexual de alguien que lo hace por decisión propia? PUM! una bomba, no se si lo haces porque genuinamente te intriga el tema. Dejo la computadora, trabajar puede esperar. Te respondo de la manera más elocuente que se me ocurre, cómo es que toda la construcción patriarcal ha hecho que seamos las mujeres objetos, objetos de los hombres en todos los niveles posibles y te quedas ahí pensando lo que acabo de explicar. Me das la razón y te sientas a la orilla de la cama a seguir reflexionando lo que escuchaste.
No se como, me volteas a ver con algo de ternura y me preguntas qué ¿Cómo voy de dolor? y te contesto que mejor pero igual estaré otro rato en cama. Movemos la computadora y te acuestas a mi lado a ver tú celular.
Comentarios
Publicar un comentario